El 2025 fue una bosta.
Todo lo que podía romperse, se rompió.
Todo:
familia, amistades, empleo,
identidad, seguridad.
Todo una bosta.
Todo roto.
Todo,
excepto la música,
que me puso ritmo
bajo mis alas rotas.
La risa,
que me cicatrizó las heridas.
La palabra,
vehículo de mis ideas.
Y el amor,
y el sostén
de quienes no me soltaron la mano.
Y aun así,
bosta y todo,
agradezco el año
que se va.
Porque lo bueno de tanta bosta
es que, cuando todo apesta,
aprendés más rápido
a reconocer el aire fresco.
Aprendés más rápido
a diferenciar
qué es importante
y qué es
solo
accesorio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario