Temo de mí.
De mí cuando no me escucho.
Cuando por un sueño aparente
me arranco la piel
y le digo ambición.
Temo de mí
cuando me entrego prolija
a manos que aprietan
y agradezco el golpe
porque paga bien.
Temo de mí
cuando negocio mi pulso,
cuando firmo contratos
donde mi humanidad
queda en letra chica.
Temo de mí
poniéndome anteojeras
para no ver
cómo me achico
para entrar en jaulas
que yo misma limpio.
Temo de los trueques:
cambiar descanso por aplauso,
deseo por costumbre,
placer por comfort.
Temo de mí
cuando me convierto
en la verduga
de lo que me calma.
Cuando castigo la quietud,
cuando trato al alivio
como traición.
Temo de mí
llenando por fuera
huecos que no tienen fondo.
Comiendo ruido,
bebiendo exigencia,
tragando futuro
para no sentir el ahora.
Temo de mi fuerza
cuando arrasa.
Temo de mi tenacidad
cuando no sabe parar
y pasa por encima
de lo suave,
de lo tierno,
de lo vivo.
Temo de no darme descanso.
De explotarme como máquina.
De no mirarme nunca
con piedad.
Temo de largarme, otra vez,
herida y sangrando
a una guerra
que nadie me pidió pelear.
Temo de mí.
De mi voz interna
que no se calla,
que no abraza,
que no cuida.
Temo de ser mi peor enemiga.
Temo de mí
porque soy
el único lugar
donde mi alma
podria encontrar refugio.