Duele la casita solitaria
que armo y desarmo
sin encontrar mi lugar.
Duelen los pelos de gato
que se quedan en la ropa
y en su camita
que va a parar a la basura
porque el gato no está más.
Duelen las paredes
que hace meses dejaron de ser abrigo
y que nunca,
nunca fueron hogar.
Duele la ansiedad
de abrir la puerta y
encontrar tanta crueldad.
Duele el destrato
cuando antes hubo,
llamémosle, amistad.
Duele la espalda,
el silencio, el frío,
el haber sido tratada
como enemigo
cuando hice mi intento
más honesto, en verdad.
Duele el audio que no respondo
si alguien me pregunta
“¿y vos cómo estás?”
duele el silencio que elijo
porque no quiero llorar mas.
Duele cada paso
que te oigo dar
por fuera de mi puerta.
Duele haberte querido tanto
y ahora desearte tanto el mal.
Duelen las noches en vela
apretando los dientes
sin poderte perdonar.
Duele la rabia con la que hoy
te elijo mirar.
Duele haber criado cuervos,
dijo mi mamá.
Duele estar ciega y aun así
esperar un milagro
que no va a llegar.
Duele no haber sido parte
de las charlas importantes,
duele haber sido migrante
en mi propia casa,
extranjera
en mi propio lugar.
Duele haberte querido tanto
para darme cuenta
de que nunca me quisiste acá.
Duele no haberme podido ir antes.
Duele la casita solitaria
que hoy vuelvo a mudar.