Nunca volveré a amar
con la entrega de un corazón
que desconoce el filo de un puñal,
con los ojos plenamente cerrados
y la certeza infantil
de que nada malo puede pasar.
Nunca volveré a amar
sin armadura,
sin desconfianza,
sin una valija a medio armar.
Pero a vos
te hubiera amado,
te hubiera colocado en un altar,
con fe ciega,
con la devoción de quien elige servir
y no calcula la caída.
Me hiciste sentir cosas
que creí dormidas,
cosas que ahora me enfurecen
porque no sé qué hiciste con ellas.
Siento que te las llevaste.
Y aquí quedo,
con la herida abierta
y la puerta esperando tu regreso.
Todavía te nombro
cuando menos quiero hacerlo.
Cuando ninguno de los besos
de un tercero me eriza,
cuando el cuerpo responde al placer
pero no a la compañía.
Quisiera preguntarte
si estás bien.
Si alguna vez pensás en mí.
Si ahora lo intentarías.
Y sin embargo
no volveré a amar,
no podré,
aunque quisiera.
Me quedaré
inmóvil,
inapetente,
inalcanzable,
como si eso no fuera
otra forma de andar
un poco muerta.