Vuelvo al sillón de tu casa,
a sostenerte en mi pecho
mientras paso mis dedos
por lo suave de tu pelo.
Vuelvo a las mañanas
con aroma a café,
mezclado con el perfume
de tus remeras de algodón.
Vuelvo a que susurres
mi nombre, como cantando.
Vuelvo a tus brazos
que un día fueron mi casa.
Vuelvo perdida, aturdida, encandilada.
El mundo afuera se queda en silencio
en cuanto paso por el umbral de tu puerta.
Ahí, donde queda liviana
la mochila que traigo a cuestas,
vuelvo después de haber andado,
después de que la vida me masticó y me escupió
y me volvió a masticar.
Vuelvo a la calle de Daniel
sabiendo que con vos
me va a pasar lo mismo:
masticar, escupir,
volver a masticar.
Vuelvo tal vez
porque el golpe de tu amor
—que inevitablemente me va a alcanzar—
duele menos que donde vine a parar.
Duele menos,
eso creo,
o tengo el estómago acostumbrado
al puñetazo que sé que va a llegar.
Vuelvo diciéndome:
en breves me marcho.
Sólo necesito un poco más
de tus besos
que me intoxican la memoria
y me hacen olvidar
lo mal que me sabes amar.
Vuelvo deseando
no haber vuelto
y tambien agradecida
de saber cómo llegar.
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