-¿Qué te pasa?
- Nada, es que tengo conversaciones con él en mi cabeza. Me pregunta cómo me siento, me acaricia cuando es necesario. Me abraza, no hay día en que no me abrace. Releo nuestras conversaciones una y otra vez, para ver si hay alguna palabra nueva, si no pase por desapercibido algo. Imagino nuevos significados a cosas tan mundanas. Es constante, dondequiera que vaya, en cada momento está conmigo. Ahí está el, me conversa, me hace reír, me ama. Es cansador, porque no lo extraño, pero si siento que lo necesito. Y ahí es cuando veo su foto, esa foto que no me gusta de él. Muy bronceado, sus ojos muy abiertos y su sonrisa, por demás rara. Sin embargo la miro, como para refrescar el recuerdo de él, y otra vez comienza la charla. Lo triste es que todo lo que veo, todo lo que sueño, todo lo que hablo con el dentro de mi cabeza, jamás pasa. Lo veo y me pongo en pausa, me mido en todo, me quedo callada. Hasta mi mente se queda callada. Como si me quisiera cuidar de no decir nada que no le caiga en gracia, porque no podría soportar esa mirada si viene de él, esa mirada de desaprobación y de rechazo. Esa mueca torcida que hace con la boca cuando algo no le gusta. No quiero no gustarle porque él me encanta. Me encanta tranquilo, despierto, con resaca o caliente. Me encanta. Creo que por eso me contengo. Paso la mayor parte del tiempo admirándo en silencio sus pocos pelos, la comisura de su boca, sus manos... Pensando en que piensa, buscando la manera de hacerlo reír. Me encanta su sonrisa, todo se siente mejor bien cuando él se ríe. Aunque últimamente el papel de payasa no me sale bien porque paso demasiado tiempo imaginando las conversaciones, los chistes, las caricias que le daría, y cuando lo veo no tengo nada. De repente soy torpe, sosa y hasta tímida. Ah, pero si me hubieras visto la noche en que lo conocí. Era yo plena. Me reía fuerte de mis chistes y de mi misma, hacia comentarios desubicados, jugaba con las miradas. Es claro que no tenía nada que perder. Es como jugar con las fichas en el casino, pasándolas de mano en mano, escuchando el sonido que hacen cuando chocan entre ellas. Es divertido hasta que haces la apuesta, porque una vez que la ruleta gira, se enfría el cuerpo viendo donde va a parar. Sin darme cuenta, lo aposte todo en él desde el momento en que lo conocí. Y me encantaría decirle que me encanta, que su nombre es en lo primero y lo último que pienso en el día y que cada vez que lo voy a ver me duele la panza. Que sueño con él despierta… che, pero no te preocupes, que está todo bien. No me pasa nada.
- Nada, es que tengo conversaciones con él en mi cabeza. Me pregunta cómo me siento, me acaricia cuando es necesario. Me abraza, no hay día en que no me abrace. Releo nuestras conversaciones una y otra vez, para ver si hay alguna palabra nueva, si no pase por desapercibido algo. Imagino nuevos significados a cosas tan mundanas. Es constante, dondequiera que vaya, en cada momento está conmigo. Ahí está el, me conversa, me hace reír, me ama. Es cansador, porque no lo extraño, pero si siento que lo necesito. Y ahí es cuando veo su foto, esa foto que no me gusta de él. Muy bronceado, sus ojos muy abiertos y su sonrisa, por demás rara. Sin embargo la miro, como para refrescar el recuerdo de él, y otra vez comienza la charla. Lo triste es que todo lo que veo, todo lo que sueño, todo lo que hablo con el dentro de mi cabeza, jamás pasa. Lo veo y me pongo en pausa, me mido en todo, me quedo callada. Hasta mi mente se queda callada. Como si me quisiera cuidar de no decir nada que no le caiga en gracia, porque no podría soportar esa mirada si viene de él, esa mirada de desaprobación y de rechazo. Esa mueca torcida que hace con la boca cuando algo no le gusta. No quiero no gustarle porque él me encanta. Me encanta tranquilo, despierto, con resaca o caliente. Me encanta. Creo que por eso me contengo. Paso la mayor parte del tiempo admirándo en silencio sus pocos pelos, la comisura de su boca, sus manos... Pensando en que piensa, buscando la manera de hacerlo reír. Me encanta su sonrisa, todo se siente mejor bien cuando él se ríe. Aunque últimamente el papel de payasa no me sale bien porque paso demasiado tiempo imaginando las conversaciones, los chistes, las caricias que le daría, y cuando lo veo no tengo nada. De repente soy torpe, sosa y hasta tímida. Ah, pero si me hubieras visto la noche en que lo conocí. Era yo plena. Me reía fuerte de mis chistes y de mi misma, hacia comentarios desubicados, jugaba con las miradas. Es claro que no tenía nada que perder. Es como jugar con las fichas en el casino, pasándolas de mano en mano, escuchando el sonido que hacen cuando chocan entre ellas. Es divertido hasta que haces la apuesta, porque una vez que la ruleta gira, se enfría el cuerpo viendo donde va a parar. Sin darme cuenta, lo aposte todo en él desde el momento en que lo conocí. Y me encantaría decirle que me encanta, que su nombre es en lo primero y lo último que pienso en el día y que cada vez que lo voy a ver me duele la panza. Que sueño con él despierta… che, pero no te preocupes, que está todo bien. No me pasa nada.
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